11 de febrero de 2014
La ciudad que habito; corto relato de un domingo
"Esos lugares se llenan de tanto humano que uno nunca sabe quién vino con quién -¿Con quién vine yo?- al punto de creer que en realidad cada persona vino sola"
Por Laura.P - Foto: A.R
Salgo a la calle. La humedad me sofoca. A mí y a los perros moribundos que tienen pelaje abundante. En varias esquinas refugian sus cuerpos estirados.
Rosario es un mundo de historias. Un hormiguero de gente, de vida. Tiene casonas viejas, barrios, olor a zanja y a perfume caro. Unos altos y lujosos edificios que quieren tapar una villa miseria. Ingenuos, la resaltan.
Si un pintor la habría creado, no podría criticarlo. Pero no es una pintura, es un conglomerado. Las paredes grafittiadas entretienen las esperas...
Mientras millones de voces se entrelazan, todas pueden ser contadas. Unas y otras hacen fila. Quizá un churrero en el parque nublado o un bailarín de semáforos quieran decir lo que nadie escuchó todavía. O tal vez esos gatos que rondan la noche conozcan el secreto que convive escondido.
Entonces, en el exacto minuto en que se prenden las luces de todo, se presenta una duda envidiable para cualquier escritor: ¿Cuál de todas las historias contar? O mejor aún ¿Cuál de todas las historias merece ser contada?
Quizá -y precisamente- ese sea el enigma de esta atractiva- y algo fría, en invierno-ciudad.
Y... ¿Cuál es -entonces- la verdadera historia? ¿Qué es lo que tengo para decir de este lugar?
Puede ser tanto que no sea nada.
Sin embargo no puedo dejar de ver los ojos de la gente que camina por los bordes del parque frente al río paraná, esos ojos vacíos. Tampoco puedo dejar de oír las conversaciones de los grupitos de personas que se sientan en mesas de bares a consumir y charlar. Esos lugares se llenan de tanto humano que uno nunca sabe quién vino con quién -¿Con quién vine yo?- al punto de creer que en realidad cada persona vino sola.
Pues, cada persona vino sola.
Laura P.
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